Enero 24, 2006
Uno de mis recuerdos de adolescencia es la imagen de mi padre riendo entre dientes mientras lee La Codorniz. A él le gustaba mucho aquella sección titulada “La cárcel de papel”, donde se satirizaba la situación político social de una España convulsa ante el cercano fin de la dictadura franquista y se intentaba sortear la censura de prensa imperante. Creo que no es nada casual que hayan desaparecido publicaciones como esa, o como Hermano Lobo y El Papus, esta última además por las bombas terroristas. Aunque dicen que su desaparición se debe a que cumplieron un fin en un momento histórico determinado, yo creo que su cierre se debe a otro tipo de causas.
La libertad de expresión, desde que el ser humano tiene conciencia, ha sido considerada por el poder establecido, dictatorial o democrático, como ese invitado molesto de las libertades fundamentales que, de vez en cuando, hay que amordazar, y que de seguir en sus trece, hay que cerrarle la boca definitivamente y asunto concluido. Nada más hay que ver las escalofriantes estadísticas anuales de muertes de profesionales que ofrece Reporteros Sin Fronteras (RSF).
Las libertades, entre ellas la de expresión, hay que conquistarlas diariamente. Se equivocan quienes piensan que está todo logrado después de la Transición Democrática y la aprobación de la Constitución. España ocupa un puesto intermedio mundial en cuanto al respeto de la libertad de expresión. Somos un país del montón; la situación no es la de Iraq, pero distamos bastante de Nueva Zelanda –y nunca mejor dicho-, que es una de las primeras naciones en el respeto a este principio.
En el mundo de la comunicación, suele confundirse con frecuencia a periodistas (trabajadores) con el medio de comunicación en el que trabajan (empresas), unas veces sin intención y otras muy malintencionadamente. Cuando no interesa atacar a la empresa, se ataca al periodista, y a veces a la empresa cuando en realidad el objetivo es el periodista. Ejemplos tenemos muchos, más o menos cercanos en el tiempo, yo diría que demasiados.
Es muy preocupante, por ejemplo, que algunos políticos ataquen a los profesionales del periodismo y les culpen de la línea o tendencia de su medio o institución, de lo que allí se publica o cómo se valoran los temas. A título de curiosidad, uno de mis profesores de Periodismo, republicano él, presumía de haber estado bastante tiempo trabajando en ABC, que como todo el mundo sabe tiene línea monárquica.
Pero mucho más preocupante es cuando una empresa privada, o un partido político, se dirige al director de un medio de comunicación para pedirle que despida a un redactor que no le cae simpático o que no escribe bien al dictado de sus intereses. Eso está pasando en España, pero cuidado, también está llegando a Extremadura. Con el tan traído y llevado tema de la refinería de petróleo, algunos periodistas extremeños están entre dos fuegos, asediados de una y otra parte, presionados en el ejercicio de su labor a veces con más que meras palabras.
Y pasan más cosas. Se sigue contratando en gabinetes de prensa de algunas instituciones públicas, en puestos de gran responsabilidad comunicativa muy bien pagados, a personal técnico que no posee titulación académica en Periodismo. Eso tiene un nombre: intrusismo profesional. Las instituciones o empresas públicas, mantenidas con los impuestos de todos los ciudadanos, son las primeras que deben dar ejemplo. Uno de los pilares fundamentales de la Asociación de la Prensa de Mérida (APM), como asociación profesional que es, precisamente es luchar y denunciar públicamente el intrusismo de la profesión, porque una cosa son los cargos políticos y de asesoría en materia de prensa, y otra muy distinta los puestos técnicos.
Las contrataciones de los periodistas, a los que tanto se les exige calidad y dedicación en su trabajo, son cada vez más en precario. Eso cuando existe contrato, claro está, porque hay compañeros trabajando sin contrato. Por no hablar de las interminables jornadas laborales, la sobrecarga de trabajo, el estrés, que luego se traducen en errores o matices interpretativos que tanto molestan. Personalmente, creo que aquí los sindicatos tienen mucho que hacer y decir, y desde la APM estamos dispuestos a colaborar con ellos, porque nuestra labor no es sindical, sino profesional.
De ahí el título de este artículo para... ¿festejar? a San Francisco de Sales, patrón de los periodistas: Se levanta la veda. Si siguen así las cosas, muy pronto podremos lucir también una diana para que a quienes tanto molestamos, no fallen la puntería.

|