| El amanecer
descubre un paisaje de infinitas tonalidades verdes, una exuberancia
vegetal envuelta por las brumas matinales. A través del cristal
empañado por el vaho, puede contemplarse la abrumadora belleza
del boscaje gallego, de sus prados y casas diseminadas anárquicamente
a lo largo de la campiña.
Durante la pasada madrugada, en el autobús han viajado medio
centenar de voluntarios, la mayor parte procedentes de Mérida,
con destino a Camariñas, localidad situada en la Costa da Morte,
uno de los lugares más castigados por la catástrofe del
petrolero Prestige.
A unas decenas de kilómetros antes de la llegada, se produce
una parada en un bar de carretera para desayunar, estirar las piernas
y acudir en masa al servicio. Es muy temprano, y aunque al principio
sólo atiende la barra el dueño, enseguida es auxiliado
por su mujer y su hija. Preguntan a sus clientes, con delicadeza, de
dónde vienen, y pese a las explicaciones, la expresión
de su cara delata que no consiguen ubicarles en el mapa.
Afuera, un automovilista anónimo se detiene cuando lee la pancarta
del parabrisas trasero: Extremadura con Galicia. ADENEX. Saluda cordialmente
a los integrantes de un corrillo que ya aguarda la reanudación
del viaje, y les dice: “En nombre de mi tierra, os doy las gracias
por venir a ayudarnos”. Con una leve sonrisa, que casi parece
una expresión de tristeza, vuelve a su vehículo y arranca.
Una hora más tarde, la expedición llega frente a la Casa
da Pedra, en Camariñas, convertida en improvisado albergue y
cuartel general de lucha contra la marea negra en la comarca. Cerca
está el pequeño puerto, donde todas las multicolores embarcaciones
se hallan amarradas sin otro remedio. En casi todas las ventanas de
las casas, en los escaparates de los establecimientos, en los vehículos...
está omnipresente la bandera de Galicia teñida de negro,
con un lema que circula de boca en boca y que se ha convertido en clamor
popular: Nunca máis.
Pese al cansancio del largo viaje, no hay tiempo que perder. Los voluntarios
entran con decisión en la Casa da Pedra y guardan turno para
recibir el equipo, que consiste en un par de botas altas de agua, guantes
de goma, mascarilla y gafas, además de la vestimenta, que son
dos monos, uno de plástico transparente color azul turquesa,
que se viste primero, y otro blanco hecho con un extraño tejido
parecido al papel.
Nadie resiste la tentación a hacerse las primeras fotografías,
individuales o de grupo, con tan inusual indumentaria. “Parecemos
de la NASA”, dice con cierta dosis de humor uno de los jóvenes
que durante dos días será un chapapoteiro más.
Una de las chicas cumplirá ese día los 19, y la persona
más mayor, una señora de Navalmoral de la Mata, tiene
72 años. También de esa localidad proceden dos mozos de
origen magrebí, y a la expedición también se han
sumado un británico y una alemana. Además de desempleados,
en el grupo hay funcionarios, oficinistas, estudiantes y algún
prejubilado, principalmente, pero todos son iguales, con un mismo objetivo.
Por una vez, parece no importar la raza, el sexo, la edad, la religión,
la ideología...
Como alguien ha dicho acertadamente, una marea blanca de personas -aquella
mañana de extremeños y mallorquines-, plantan cara a la
marea negra de petróleo que mata y envenena una de nuestras más
preciadas costas. Es también el petróleo uno de los principales
sospechosos de que, por esos días, suenen de nuevo los tambores
guerra en Oriente Medio, esta vez contra Irak, uno de los mayores productores
del mundo.
Todos charlan alegremente mientras el autobús se desplaza hacia
el lugar del tajo. Alguien bromea: “Yo estoy a favor de la guerra...¡contra
el chapapote, claro!”. La carretera conduce hacia unas formaciones
rocosas que acaban en un impresionante acantilado, coronado por el faro
del cabo Vilán, primero que funcionó con electricidad
en España. Entre los troncos de un pinar se vislumbra, ladera
abajo, el mar en toda su extensión. Paradojas del destino, la
limpia energía que producen los blancos molinos del Parque Eólico
de Camariñas contrasta con la negrura petrolífera que
ya se presiente cerca, y que lejos de ser útil, se ha desperdiciado
y convertido en algo dañino.
El autocar se detiene cerca de unos improvisados barracones. La orilla
del mar está a un centenar de metros bajando una pendiente, en
el lugar denominado Coenga Longa. Un miembro de Protección Civil
de Galicia alecciona al grupo y recomienda que, bajo ningún concepto,
entren en contacto con el fuel o inhalen prolongadamente sus emanaciones.
A las mujeres se les advierte que, en algunos casos, la exposición
a los vapores puede adelantarles la menstruación, por lo que
tienen compresas a su disposición. Se eligen los cinco voluntarios,
uno por cada diez, que serán los manos limpias, con el importante
encargo de auxiliar a cualquier compañero en tareas que no puede
realizar con las manos sucias, desde limpiarse el sudor y sonarse la
nariz, hasta rascarse o recolocar mejor la mascarilla y gafas protectoras.
Voluntarios más experimentados sellan con cinta de carrocero
las uniones de los guantes y botas con el traje blanco, para impedir
que el petróleo pueda introducirse a través de las extremidades.
Algunos rotulan en la espalda de los compañeros consignas, sobre
todo Nunca máis y No a la guerra.
La visión al llegar a la orilla es de gran contraste. Olas espumosas
se estrellan sobre rompientes situados unas decenas de metros mar adentro,
ofreciendo una bella estampa marina en constante movimiento. Este lugar
de la Costa de Morte ha sido testigo de centenares de naufragios, como
el del navío inglés The Serpent en 1890, tripulado por
176 hombres, y en el que perecieron todos excepto tres.
La bajamar ha dejado al descubierto una amplia franja de terreno formado
por piedras redondas, sueltas y de infinitos tamaños, que están
cubiertas por una enorme capa de fuel. Los intersticios de las rocas
están llenos de un líquido negro, viscoso y maloliente.
“Esto me recuerda a las almendras garrapiñadas”,
exclama irónicamente uno de los voluntarios con la intención
de suavizar la fuerte impresión que causa a todos tan dantesca
escena.
Una sensación de impotencia se adueña de todas las mentes,
sobre todo por la dificultad que entraña la limpieza de ese lugar
piedra a piedra, metro a metro. En poco tiempo, grupos reducidos abren
una especie de trincheras en medio del pedregal y llenan las primeras
espuertas. Armados de espátulas y paletas de albañil,
proceden a limpiar de chapapote los cantos rodados y los huecos por
donde lentamente escurre. Muchos arrojan las piedras ya rascadas hacia
el mar, con la esperanza de que la erosión del oleaje haga el
resto.
Pero no es sólo petróleo lo que se tira en las esportillas.
Trozos de plástico, restos de redes, cuerdas y artes de pesca,
así como otros desperdicios, incluso de cristal roto, que indudablemente
ya estaban en el lecho marítimo antes de la marea negra, aparecen
de vez en cuando mezclados con el fuel. Por si alguien lo dudaba, el
ser humano ha convertido el mar en una inmensa cloaca.
El trabajo más duro lo ejerce la pareja de porteadores, que a
la voz de “¡Cubo!” llevan una espuerta vacía
y recogen la llena para transportarla con dificultad sobre las resbaladizas
piedras hasta el tractor encargado de evacuar los vertidos. Los porteadores,
jadeantes y sudorosos por el esfuerzo, son sustituidos con frecuencia.
Mientras limpian de espaldas al mar, con el bramido marino de fondo,
la conversación, dificultada por las mascarillas, se reduce a
frases sueltas más o menos ingeniosas. “¿Y esta
mierda es lo que llaman oro negro?”, se pregunta una voluntaria,
al tiempo que otro murmura con enfado: “Tenía que estar
aquí con nosotros limpiando el ministro, ese que decía
que del barco hundido solo salían unos hilillos de fuel”.
El británico, tratando de buscar una moraleja, recuerda la leyenda
del rey Midas, que convertía en oro todo lo que tocaba, incluso
la comida y los seres más amados.
De vez en cuando, algún limpiador se marea por los gases emanados
del fuel y es atendido rápidamente fuera del entorno contaminado.
A mayor temperatura, más se volatiliza el petróleo y su
apariencia es más achocolatada y líquida. Durante las
cinco horas de jornada, un centenar de personas logra arrancar diariamente
a las rocas unas seis toneladas de petróleo. Aún así,
da la sensación de que todo está casi igual de un día
para otro, y es inevitable pensar que este lugar solamente es uno de
los centenares que salpican toda la costa tanto atlántica como
cantábrica. Ese día, llega la triste noticia de que se
acerca una nueva mancha, y que en las Rías Bajas también
está entrando chapapote procedente de alta mar.
Con el transcurso de las horas y el progresivo ascenso solar, también
se eleva el calor dentro de los trajes cerrados casi herméticamente.
Se produce una especie de efecto invernadero dentro de los monos de
trabajo que hace que la camisa y la poca ropa de calle puesta se empapen
totalmente de sudor. El interior de los guantes está mojado,
y al cerrar los puños, suena como si estuvieran llenos de agua.
Alguien asevera que la clase política ha perdido la dignidad,
porque todo esto se podía haber evitado con un plan previsor
después de los desastres del Urquiola y el Mar Egeo. “Se
ha hecho todo mal y tarde desde el principio, desorganizadamente, anteponiendo
intereses electorales y partidistas, mintiendo y tratando de engañar
descaradamente a la ciudadanía... Pero todos los que han venido
aquí, como nosotros, a recoger esta porquería, les hemos
dado una lección de solidaridad y de dignidad que algunos no
tienen”. Como se suele decir, siempre hay excepciones que confirman
la regla. Uno de los voluntarios de otro grupo, llegado el segundo día
desde Cáceres, es alcalde y diputado provincial, pero a la hora
de la verdad, es uno más en la faena.
Durante las labores está prohibido comer, beber y fumar. En un
breve descanso a mitad de trabajo, los voluntarios beben agua o algún
refresco envasado que sujetan con cuidado para no manchar la embocadura.
El primer sorbo ha de escupirse para limpiar la boca, reseca debido
a los vapores del fuel.
Al acabar la corta, pero dura jornada, los voluntarios guardan turno
para que un manos limpias les ayude a despojarse de la vestimenta alquitranada,
que se desecha totalmente, menos el calzado de goma, que servirá
para el día siguiente. Eso sí, las botas también
van al contenedor de residuos después de la última jornada,
pese a que son totalmente nuevas. Aunque la mayor parte de este material
es reciclable, muchos se preguntan cuánto hay que “contaminar
para descontaminar”.
El voluntariado se apresta a recibir una bolsa blanca, serigrafiada
con los logotipos de la Xunta de Galicia y de los ministerios de Trabajo
y Asuntos Sociales y Medio Ambiente. Contiene un zumo, una manzana y
dos bocadillos, por lo general de jamón y mortadela. Los jóvenes
magrebíes preguntan si hay alguno de queso o de otra clase que
no contenga productos del cerdo.
El alojamiento de la expedición extremeña es en la Casa
de la Cultura de Ponte do Porto, población perteneciente al Concello
de Camariñas y distante del núcleo principal unos seis
kilómetros hacia el interior. Este poblado está atravesado
por el río Grande, que desemboca en la pequeña ría
cuya bocana custuodian Muxía a un lado y Camariñas a otro.
Medio centenar de colchones de gomaespuma se alinean en el suelo de
un local presidido por una bandera de Nunca Máis. Afuera, aunque
no hace mal tiempo, las calles están desiertas, inanimadas. Apenas
hay actividad comercial o ciudadana, pues la crisis que sufren aquellas
tierras, que viven y dependen del mar, se hace notar desde hace meses.
En Camariñas y su comarca son famosos los encajes de bolillos
realizados por las palilleiras, mujeres que se dedican a esta artesanía
como complemento económico y que incluso tienen erigida una estatua
en el municipio.
En una tasca típicamente gallega, al calor de unas tazas de vino
de riveiro, un lugareño explica que tras la marea negra “Galicia
se queda sin nada, y puede que lo peor esté aún por llegar.
Nadie se preocupa de quienes vivimos del percebe, del marisco o del
pescado. Si no podemos faenar en el mar, tendremos que emigrar”,
explica con amargura.
Por otro lado, el paisano lamenta que el buque siniestrado haya sido
llevado a alta mar para propiciar su hundimiento. “Se han olvidado
de un viejo refrán que dice que todo lo que le echas al mar,
tarde o temprano te lo devuelve, te lo escupe. Y ahí tenemos
el resultado”. También explica que las rivalidades políticas
están perjudicando seriamente la erradicación de esta
plaga negra en las costas. “En Camariñas nos hemos tenido
que organizar en parte nosotros, porque el gobierno de la Xunta es de
signo contrario al de nuestro concello. Además, a la empresa
encargada oficialmente de la limpieza no le interesa que vengan voluntarios,
porque si le quitan trabajo no puede hincharse los bolsillos”.
Como ejemplo de sus argumentaciones, cita la dimisión del conselleiro
gallego cuya familia se lucraba vendiendo palas para quitar chapapote.
Como prueba de la generosidad y el agradecimiento que este pueblo siente
por los voluntarios llegados de tan lejanos lugares para ayudar, sorprenden
ciertos detalles, como el de la boticaria que no quiso cobrar un medicamento
a un expedicionario, o la vendedora de rosquillas del mercadillo dominical
que repartió un paquete de dulces entre algunos jóvenes
extremeños que se acercaron a curiosear en su tenderete.
Un coordinador del voluntariado de Camariñas, joven mecánico
que roba tiempo a su familia y amigos para ayudar en la organización
de los trabajos, enseña la última tarde de estancia de
los extremeños lo mejor de Ponte do Porto, su pueblo natal. Les
invita a un paseo por la orilla del río utilizando un sendero
flanqueado por un denso y hermoso follaje de helechos, de piedras tapizadas
de musgo y liquen. Enseña los viejos molinos hidráulicos
harineros, los hórreos centenarios que guardaban celosamente
la cosecha a salvo de los voraces ratones mediante unas piedras lisas
boca abajo en sus pilares... Él sabe que algún día
los voluntarios volverán de visita, que el turismo rural es una
de las pocas salidas que le quedan a su tierra para salir adelante.
El gobierno nacional y regional procuran, mediante concierto con algunos
restaurantes, la cena y el desayuno del personal que de forma altruista
se dedica a la limpieza. Parte del grupo extremeño acude a un
local regentado por un gallego afable, que sabe lo que es recorrer mundo
con la maleta de cartón. Quizá su larga estancia en los
alrededores de Londres, o quizá su carácter abierto y
simpático, le han enseñado la filosofía de que
al cliente hay que tratarle como si fuera de la propia familia.
En las dos cenas dadas a los extremeños puso en la mesa lo mejor
de sus fogones, porque si bien lo fácil sería poner poco
y malo para embolsarse más dinero, su intención es que
un día, quienes se han sentado a su mesa, regresen con el paso
del tiempo cuando la curiosidad les impulse a saber qué fue del
lugar donde arrancaron, a puñados, el chapapote del Prestige.
Y que mejor para intentar acabar con la mala fortuna de aquellos lares,
antaño considerados el fin del mundo, que hacer una exquisita
queimada a base de buen aguardiente casero. Aunque todos se olvidaron
de pronunciar el tradicional conjuro, algunos dijeron “Nunca máis
chapapote”, “No a la guerra”... En suma, “¡Meigas
fora!”.
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