Máximo Durán Abad
Este escrito cuenta la experiencia de voluntarios emeritenses en la limpieza de las costas gallegas en el verano del 2002 tras el desastre del Prestige.

"Un viaje al centro del Chapapote"

El amanecer descubre un paisaje de infinitas tonalidades verdes, una exuberancia vegetal envuelta por las brumas matinales. A través del cristal empañado por el vaho, puede contemplarse la abrumadora belleza del boscaje gallego, de sus prados y casas diseminadas anárquicamente a lo largo de la campiña.
Durante la pasada madrugada, en el autobús han viajado medio centenar de voluntarios, la mayor parte procedentes de Mérida, con destino a Camariñas, localidad situada en la Costa da Morte, uno de los lugares más castigados por la catástrofe del petrolero Prestige.
A unas decenas de kilómetros antes de la llegada, se produce una parada en un bar de carretera para desayunar, estirar las piernas y acudir en masa al servicio. Es muy temprano, y aunque al principio sólo atiende la barra el dueño, enseguida es auxiliado por su mujer y su hija. Preguntan a sus clientes, con delicadeza, de dónde vienen, y pese a las explicaciones, la expresión de su cara delata que no consiguen ubicarles en el mapa.
Afuera, un automovilista anónimo se detiene cuando lee la pancarta del parabrisas trasero: Extremadura con Galicia. ADENEX. Saluda cordialmente a los integrantes de un corrillo que ya aguarda la reanudación del viaje, y les dice: “En nombre de mi tierra, os doy las gracias por venir a ayudarnos”. Con una leve sonrisa, que casi parece una expresión de tristeza, vuelve a su vehículo y arranca.
Una hora más tarde, la expedición llega frente a la Casa da Pedra, en Camariñas, convertida en improvisado albergue y cuartel general de lucha contra la marea negra en la comarca. Cerca está el pequeño puerto, donde todas las multicolores embarcaciones se hallan amarradas sin otro remedio. En casi todas las ventanas de las casas, en los escaparates de los establecimientos, en los vehículos... está omnipresente la bandera de Galicia teñida de negro, con un lema que circula de boca en boca y que se ha convertido en clamor popular: Nunca máis.
Pese al cansancio del largo viaje, no hay tiempo que perder. Los voluntarios entran con decisión en la Casa da Pedra y guardan turno para recibir el equipo, que consiste en un par de botas altas de agua, guantes de goma, mascarilla y gafas, además de la vestimenta, que son dos monos, uno de plástico transparente color azul turquesa, que se viste primero, y otro blanco hecho con un extraño tejido parecido al papel.
Nadie resiste la tentación a hacerse las primeras fotografías, individuales o de grupo, con tan inusual indumentaria. “Parecemos de la NASA”, dice con cierta dosis de humor uno de los jóvenes que durante dos días será un chapapoteiro más. Una de las chicas cumplirá ese día los 19, y la persona más mayor, una señora de Navalmoral de la Mata, tiene 72 años. También de esa localidad proceden dos mozos de origen magrebí, y a la expedición también se han sumado un británico y una alemana. Además de desempleados, en el grupo hay funcionarios, oficinistas, estudiantes y algún prejubilado, principalmente, pero todos son iguales, con un mismo objetivo. Por una vez, parece no importar la raza, el sexo, la edad, la religión, la ideología...
Como alguien ha dicho acertadamente, una marea blanca de personas -aquella mañana de extremeños y mallorquines-, plantan cara a la marea negra de petróleo que mata y envenena una de nuestras más preciadas costas. Es también el petróleo uno de los principales sospechosos de que, por esos días, suenen de nuevo los tambores guerra en Oriente Medio, esta vez contra Irak, uno de los mayores productores del mundo.
Todos charlan alegremente mientras el autobús se desplaza hacia el lugar del tajo. Alguien bromea: “Yo estoy a favor de la guerra...¡contra el chapapote, claro!”. La carretera conduce hacia unas formaciones rocosas que acaban en un impresionante acantilado, coronado por el faro del cabo Vilán, primero que funcionó con electricidad en España. Entre los troncos de un pinar se vislumbra, ladera abajo, el mar en toda su extensión. Paradojas del destino, la limpia energía que producen los blancos molinos del Parque Eólico de Camariñas contrasta con la negrura petrolífera que ya se presiente cerca, y que lejos de ser útil, se ha desperdiciado y convertido en algo dañino.
El autocar se detiene cerca de unos improvisados barracones. La orilla del mar está a un centenar de metros bajando una pendiente, en el lugar denominado Coenga Longa. Un miembro de Protección Civil de Galicia alecciona al grupo y recomienda que, bajo ningún concepto, entren en contacto con el fuel o inhalen prolongadamente sus emanaciones. A las mujeres se les advierte que, en algunos casos, la exposición a los vapores puede adelantarles la menstruación, por lo que tienen compresas a su disposición. Se eligen los cinco voluntarios, uno por cada diez, que serán los manos limpias, con el importante encargo de auxiliar a cualquier compañero en tareas que no puede realizar con las manos sucias, desde limpiarse el sudor y sonarse la nariz, hasta rascarse o recolocar mejor la mascarilla y gafas protectoras.
Voluntarios más experimentados sellan con cinta de carrocero las uniones de los guantes y botas con el traje blanco, para impedir que el petróleo pueda introducirse a través de las extremidades. Algunos rotulan en la espalda de los compañeros consignas, sobre todo Nunca máis y No a la guerra.
La visión al llegar a la orilla es de gran contraste. Olas espumosas se estrellan sobre rompientes situados unas decenas de metros mar adentro, ofreciendo una bella estampa marina en constante movimiento. Este lugar de la Costa de Morte ha sido testigo de centenares de naufragios, como el del navío inglés The Serpent en 1890, tripulado por 176 hombres, y en el que perecieron todos excepto tres.
La bajamar ha dejado al descubierto una amplia franja de terreno formado por piedras redondas, sueltas y de infinitos tamaños, que están cubiertas por una enorme capa de fuel. Los intersticios de las rocas están llenos de un líquido negro, viscoso y maloliente. “Esto me recuerda a las almendras garrapiñadas”, exclama irónicamente uno de los voluntarios con la intención de suavizar la fuerte impresión que causa a todos tan dantesca escena.
Una sensación de impotencia se adueña de todas las mentes, sobre todo por la dificultad que entraña la limpieza de ese lugar piedra a piedra, metro a metro. En poco tiempo, grupos reducidos abren una especie de trincheras en medio del pedregal y llenan las primeras espuertas. Armados de espátulas y paletas de albañil, proceden a limpiar de chapapote los cantos rodados y los huecos por donde lentamente escurre. Muchos arrojan las piedras ya rascadas hacia el mar, con la esperanza de que la erosión del oleaje haga el resto.
Pero no es sólo petróleo lo que se tira en las esportillas. Trozos de plástico, restos de redes, cuerdas y artes de pesca, así como otros desperdicios, incluso de cristal roto, que indudablemente ya estaban en el lecho marítimo antes de la marea negra, aparecen de vez en cuando mezclados con el fuel. Por si alguien lo dudaba, el ser humano ha convertido el mar en una inmensa cloaca.
El trabajo más duro lo ejerce la pareja de porteadores, que a la voz de “¡Cubo!” llevan una espuerta vacía y recogen la llena para transportarla con dificultad sobre las resbaladizas piedras hasta el tractor encargado de evacuar los vertidos. Los porteadores, jadeantes y sudorosos por el esfuerzo, son sustituidos con frecuencia.
Mientras limpian de espaldas al mar, con el bramido marino de fondo, la conversación, dificultada por las mascarillas, se reduce a frases sueltas más o menos ingeniosas. “¿Y esta mierda es lo que llaman oro negro?”, se pregunta una voluntaria, al tiempo que otro murmura con enfado: “Tenía que estar aquí con nosotros limpiando el ministro, ese que decía que del barco hundido solo salían unos hilillos de fuel”. El británico, tratando de buscar una moraleja, recuerda la leyenda del rey Midas, que convertía en oro todo lo que tocaba, incluso la comida y los seres más amados.
De vez en cuando, algún limpiador se marea por los gases emanados del fuel y es atendido rápidamente fuera del entorno contaminado. A mayor temperatura, más se volatiliza el petróleo y su apariencia es más achocolatada y líquida. Durante las cinco horas de jornada, un centenar de personas logra arrancar diariamente a las rocas unas seis toneladas de petróleo. Aún así, da la sensación de que todo está casi igual de un día para otro, y es inevitable pensar que este lugar solamente es uno de los centenares que salpican toda la costa tanto atlántica como cantábrica. Ese día, llega la triste noticia de que se acerca una nueva mancha, y que en las Rías Bajas también está entrando chapapote procedente de alta mar.
Con el transcurso de las horas y el progresivo ascenso solar, también se eleva el calor dentro de los trajes cerrados casi herméticamente. Se produce una especie de efecto invernadero dentro de los monos de trabajo que hace que la camisa y la poca ropa de calle puesta se empapen totalmente de sudor. El interior de los guantes está mojado, y al cerrar los puños, suena como si estuvieran llenos de agua.
Alguien asevera que la clase política ha perdido la dignidad, porque todo esto se podía haber evitado con un plan previsor después de los desastres del Urquiola y el Mar Egeo. “Se ha hecho todo mal y tarde desde el principio, desorganizadamente, anteponiendo intereses electorales y partidistas, mintiendo y tratando de engañar descaradamente a la ciudadanía... Pero todos los que han venido aquí, como nosotros, a recoger esta porquería, les hemos dado una lección de solidaridad y de dignidad que algunos no tienen”. Como se suele decir, siempre hay excepciones que confirman la regla. Uno de los voluntarios de otro grupo, llegado el segundo día desde Cáceres, es alcalde y diputado provincial, pero a la hora de la verdad, es uno más en la faena.
Durante las labores está prohibido comer, beber y fumar. En un breve descanso a mitad de trabajo, los voluntarios beben agua o algún refresco envasado que sujetan con cuidado para no manchar la embocadura. El primer sorbo ha de escupirse para limpiar la boca, reseca debido a los vapores del fuel.
Al acabar la corta, pero dura jornada, los voluntarios guardan turno para que un manos limpias les ayude a despojarse de la vestimenta alquitranada, que se desecha totalmente, menos el calzado de goma, que servirá para el día siguiente. Eso sí, las botas también van al contenedor de residuos después de la última jornada, pese a que son totalmente nuevas. Aunque la mayor parte de este material es reciclable, muchos se preguntan cuánto hay que “contaminar para descontaminar”.
El voluntariado se apresta a recibir una bolsa blanca, serigrafiada con los logotipos de la Xunta de Galicia y de los ministerios de Trabajo y Asuntos Sociales y Medio Ambiente. Contiene un zumo, una manzana y dos bocadillos, por lo general de jamón y mortadela. Los jóvenes magrebíes preguntan si hay alguno de queso o de otra clase que no contenga productos del cerdo.
El alojamiento de la expedición extremeña es en la Casa de la Cultura de Ponte do Porto, población perteneciente al Concello de Camariñas y distante del núcleo principal unos seis kilómetros hacia el interior. Este poblado está atravesado por el río Grande, que desemboca en la pequeña ría cuya bocana custuodian Muxía a un lado y Camariñas a otro.
Medio centenar de colchones de gomaespuma se alinean en el suelo de un local presidido por una bandera de Nunca Máis. Afuera, aunque no hace mal tiempo, las calles están desiertas, inanimadas. Apenas hay actividad comercial o ciudadana, pues la crisis que sufren aquellas tierras, que viven y dependen del mar, se hace notar desde hace meses. En Camariñas y su comarca son famosos los encajes de bolillos realizados por las palilleiras, mujeres que se dedican a esta artesanía como complemento económico y que incluso tienen erigida una estatua en el municipio.
En una tasca típicamente gallega, al calor de unas tazas de vino de riveiro, un lugareño explica que tras la marea negra “Galicia se queda sin nada, y puede que lo peor esté aún por llegar. Nadie se preocupa de quienes vivimos del percebe, del marisco o del pescado. Si no podemos faenar en el mar, tendremos que emigrar”, explica con amargura.
Por otro lado, el paisano lamenta que el buque siniestrado haya sido llevado a alta mar para propiciar su hundimiento. “Se han olvidado de un viejo refrán que dice que todo lo que le echas al mar, tarde o temprano te lo devuelve, te lo escupe. Y ahí tenemos el resultado”. También explica que las rivalidades políticas están perjudicando seriamente la erradicación de esta plaga negra en las costas. “En Camariñas nos hemos tenido que organizar en parte nosotros, porque el gobierno de la Xunta es de signo contrario al de nuestro concello. Además, a la empresa encargada oficialmente de la limpieza no le interesa que vengan voluntarios, porque si le quitan trabajo no puede hincharse los bolsillos”. Como ejemplo de sus argumentaciones, cita la dimisión del conselleiro gallego cuya familia se lucraba vendiendo palas para quitar chapapote.
Como prueba de la generosidad y el agradecimiento que este pueblo siente por los voluntarios llegados de tan lejanos lugares para ayudar, sorprenden ciertos detalles, como el de la boticaria que no quiso cobrar un medicamento a un expedicionario, o la vendedora de rosquillas del mercadillo dominical que repartió un paquete de dulces entre algunos jóvenes extremeños que se acercaron a curiosear en su tenderete.
Un coordinador del voluntariado de Camariñas, joven mecánico que roba tiempo a su familia y amigos para ayudar en la organización de los trabajos, enseña la última tarde de estancia de los extremeños lo mejor de Ponte do Porto, su pueblo natal. Les invita a un paseo por la orilla del río utilizando un sendero flanqueado por un denso y hermoso follaje de helechos, de piedras tapizadas de musgo y liquen. Enseña los viejos molinos hidráulicos harineros, los hórreos centenarios que guardaban celosamente la cosecha a salvo de los voraces ratones mediante unas piedras lisas boca abajo en sus pilares... Él sabe que algún día los voluntarios volverán de visita, que el turismo rural es una de las pocas salidas que le quedan a su tierra para salir adelante.
El gobierno nacional y regional procuran, mediante concierto con algunos restaurantes, la cena y el desayuno del personal que de forma altruista se dedica a la limpieza. Parte del grupo extremeño acude a un local regentado por un gallego afable, que sabe lo que es recorrer mundo con la maleta de cartón. Quizá su larga estancia en los alrededores de Londres, o quizá su carácter abierto y simpático, le han enseñado la filosofía de que al cliente hay que tratarle como si fuera de la propia familia.
En las dos cenas dadas a los extremeños puso en la mesa lo mejor de sus fogones, porque si bien lo fácil sería poner poco y malo para embolsarse más dinero, su intención es que un día, quienes se han sentado a su mesa, regresen con el paso del tiempo cuando la curiosidad les impulse a saber qué fue del lugar donde arrancaron, a puñados, el chapapote del Prestige.
Y que mejor para intentar acabar con la mala fortuna de aquellos lares, antaño considerados el fin del mundo, que hacer una exquisita queimada a base de buen aguardiente casero. Aunque todos se olvidaron de pronunciar el tradicional conjuro, algunos dijeron “Nunca máis chapapote”, “No a la guerra”... En suma, “¡Meigas fora!”.

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