| Para situarnos, hace un siglo...
Mil ochocientos noventa y muchos a mil novecientos
y poco.Vamos a comenzar nuestra andadura por las calles, plazas y círculos
de una localidad rural, la de más población tras la capital
de provincia, pero con poco más de un tercio de la demografía
de aquélla.
Ese carácter agroganadero imprime a sus habitantes un ritmo de
vida social sometido a la copichuela del anochecer, tras la labor desde
el orto hasta el ocaso, y la vacación restringida al domingo.
La burguesía se reduce a pequeños propietarios del sector
servicios -en auge desde que el ferrocarril resucíta el hastío
de la vieja Emérita- y los profesionales liberales que despachan
en tan austero marco. Sólo una reducidísima clase de terratenientes
y rentistas más poderosos extienden su holganza más allá
de esos límites.
Así las cosas, el escenario de la vida social
de cada uno de estos estratos estaba perfectamente delimitado en círculos
y locales de recreo:
-El Círculo Emeritense o casino de los señores,
en el edificio que continúa ocupando en la Plaza, idóneamente
localizado junto a la Casa Consistorial. Su vida cultural no sobresalía
en exceso y prácticamente se limitaba a bailes de sociedad en
las festividades.
-Una escisión del Emeritense, protagonizada por el singular “Don
Nana” (Manuel Sáez Díez-Lanza), abre en la C/ Romero
Leal un gran salón de bailes, carnaval y Disloque por antonomasia.
-La ilustración, con elementos burgueses y otros de diversa extracción,
se estaba dando un festín de ofertas culturales -promovidas por
ellos mismos- en el marco de la Sociedad Lírico Dramática
de Aficionados, muy cerca también del ágora, en el Teatro
Ponce de León.
-A caballo entre esta sociedad y el Círculo de Artesanos vivía
el grupo que estaba dando ya los pasos para constituir otra de las instituciones
que perviven: el Liceo de Mérida, que en febrero de 1.901 sería
ya autónomo, en las casas que más tarde compró
y que aún le acogen en la C/ Sta. Eulalia.
-El citado Círculo de Artesanos abarcaba gran parte de los trabajadores
agrícolas, ganaderos y los que le daban nombre. En su local de
la C/ Gral. Castro (luego Cipriano Piñero y finalmente Félix
Valverde Lillo) se desarrollaban tratos, partidas al límite y
eventos culturales diversos, en ocasiones compartidos con la exquisita
Lírico-Dramática.
-La Tercia, en la C/ Bastimentos (hoy de los Maestros), era una especie
de asamblea republicana encabezada fundamentalmente por los ferroviarios.
En el semanario denominado sin dobleces “La República”
se resume un borboteo político inagotable que germinaría
tres decenios más tarde, para agostarse sine die poco después.
Y , fuera de capítulo, la gran masa social
de jornaleros y asalariados, las decenas de candidatos a ser acogidos
por la beneficencia municipal -como recogen sin parar las Actas-, los
repatriados del desastre colonial...
En cuanto a espectáculos, el citado Teatro
Ponce de León ofrecía desde 1.880 la mayor parte de la
cartelera en los diversos géneros escénicos -dramas, comedias,
zarzuelas, operetas, magia y variedades...-, todo ello con entrada a
la venta también para no socios . Artesanos competía de
lejos con programaciones más distanciadas y cuadro artístico
propio. En el Disloque , Emeritense y primeros pasos del Liceo, nada
más que bailes.
No existía Plaza de Toros (se dieron los primeros
martillazos en 1.904 y no se inauguró -por avatares diversos-
hasta el 5 de junio de 1.914), ni se habían iniciado las excavaciones
(1.910) que permitirían reactivar el teatro clásico en
el hemiciclo romano (1.933).
Algunos circos -Borza y Ecuestre sobre todo- aparecían
de vez en cuando por los feriales o la C/ Pérez Hernández
(actual Cervantes), y en período estival, una carpa sacaba los
programas del Ponce de León al Campo de S. Juan, en la Rambla,
en lo que se llamó Teatro de Verano hasta la Guerra Civil e incluso
hasta 1.947, que el Ayuntamiento prohíbe definitivamente este
tipo de asentamientos. La Tercia también ofreció algún
espectáculo curioso, como combates de boxeo de dudosa altura
y poco más... Del cine, se inicia el relato.
Nuestra historia, pues, habrá comenzar en dicho
pueblo de provincias de no más de 13.000 habitantes. Será
ése uno de los rasgos que la determinen: el carácter esencialmente
rural de este municipio, con pocos recursos e inquietudes en el ámbito
científico y que -por ello, sobre todo- estará muy al
margen de la producción de películas mudas.
En casi todo el trayecto del relato que ahora iniciamos
no se llevan a cabo grabaciones (!y no será por exteriores hermosos!).
Estamos, pues, ante un estudio sociológico, más que ante
una Historia del Cine comme il faut.
A la Capital del Reino había llegado el cinematógrafo
el día de S. Isidro de 1.896. En el Hotel Rusia de Madrid, Alexandre
Promio u otro Delegado de los Hnos. Lumière (según versiones),
presentó en España la culminación del largo trayecto
de la "linterna mágica" hasta el cine como hoy lo entendemos.
Sólo habrían de añadírsele a posteriori
tres ingredientes importantes:
-la ficción, acaso lo más relevante. En esos primeros
momentos el cine fue sólo periodista de lo que ocurría:
entradas y salidas de fábricas, misas y salones...
-el sonido en 1.927. Su papel, hasta entonces, lo haría el "explicador"
en las salas "sofisticadas" o los rótulos blanco sobre
negro, entre escenas, en el resto de los casos.
-el color, que llegaría mucho después: 1.939.
Será ése el recorrido que espera al
Séptimo Arte en los primeros decenios del XX y así lo
irá percibiendo Mérida, siempre con algún mes de
retraso que le marcaba su condición de “gigante dormido”.
!Luces, cámara, acción! ...ambulantes
en los Círculos
Entonces,como empezamos a vislumbrar, en un rincón
de ese pueblo que sobrevolamos en el tiempo, cerca de la Casa Consistorial,
en la Plaza de la Constitución o en alguna sociedad cultural
a escasos metros de ésta, encontraron acomodo las primeras imágenes
en movimiento que trajeron los cinematógrafos . La escasez de
fuentes en nuestros archivos locales no nos permiten de momento aquilatar
el instante exacto del encuentro primero. ¿En 1.896 -como Madrid-,
1.897 como Badajoz, acaso el fatídico 98, como casi todas las
localidades de entidad de Extremadura...?
El trabajo denodado y la generosidad de un convecino,
el periodista y maestro Fernando Delgado, nos ha abierto en los últimos
meses de nuestra investigación el país de las maravillas:
su Archivo de Prensa. Ha conseguido rescatar de la muerte segura tomos
viejos de nuestros semanarios del anterior cambio de siglo , casa a
casa -como pueden y deben recuperarse las pocas señas de la Mérida
contemporánea que nos permita ya nuestra desidia como pueblo-.
“El Montero Extremeño”, “La República”,
“Gil Blas”, “Mérida”, todos se han ido
desempolvando en las casas ilustres que se permitían el gasto
y el almacenamiento mismo de prensa. Todos los que algo teníamos
lo hemos aportado humildemente y algún día muy cercano
veremos florecer las tesis y los estudios de la Emérita contemporánea
gracias al esfuerzo de dos o tres personas capitaneadas por el hijo
del poeta don Jesús.
Salvo una laguna, de mayo de 1.896 a marzo de 1.898
y que sólo afecta al arranque del cinematógrafo, hemos
constatado datos que anticipan la fecha que el programa de 12 de diciembre
de 1.899 indicaba como “novedad en Mérida”. Unos
días antes, desde el 30 de noviembre y de 20,30 a 22 horas, comenzó
a proyectar ya en el mismo salón este “Lumière”
que -escribe el redactor de “La República”- “por
el crecido número de fotografías movibles que presenta
y por otras cualidades recomendables nos parece el mejor de los que
han actuado en Mérida.”.
Pongamos en duda que fuera Lumière, si no por
las vistas -que sí parecían venir de la casa lyonesa-
sí por el proyector. Si eran del mismo carromato artístico,
el Caballero Fonseca llevaba un sistema “Yoli” en su actuación
de Cádiz en 1.897. Su supremacía es también cuestionable,
pese a que hubiera más testimonios de que carecía de las
oscilaciones de otros aparatos pioneros. Lo incuestionable es que el
cronista emeritense dice que habían existido precedentes, en
plural.
Esta última aseveración nos permitió
ratificar que hubo cine antes de esos últimos dos meses del XIX
y así lo constatamos con la aparición de dos nuevos tomos
de “La República” (marzo 1.898- febrero 1.899 y marzo
1.899- febrero 1.900 ) , donde se alude a la estancia en el Círculo
de Artesanos de un cinematógrafo Lumière, el de D. Antonio
de la Rosa del 13 al 20 de octubre del año de la caída
de nuestro imperio de Ultramar y al cinematógrafo Cuevas en la
Plaza durante el mes de abril y la Cía Internacional Ruso-Chino-Japonesa
con un wargraph de lamentables resultados en el Ponce en julio de 1.899,
respectivamente . Y ya tenemos tres precedentes.
Si hubo o no -atendiendo a esa cita- proyecciones
anteriores, nunca lo sabremos. Se nos escaparán para siempre
-sin nuevos hallazgos en hemerotecas particulares- porque en las Actas
de Acuerdos Municipales no existen citas de solicitudes ni aprobaciones
para ubicar ambulantes en la Plaza, dato éste que acompañó
al error a Sáenz de Buruaga (o.c.) al no citar hecho cinematográfico
alguno hasta 1.904.
La duda más profunda, la posible presencia
en Mérida del Dr. Posadas, antes o después de su estancia
en Badajoz en enero de 1.897, con su cinematógrafo en medio del
espectáculo de magia que llevaba aparejado. No hemos conseguido
obtener referencias al respecto en los libros de Acuerdos Municipales.
Tampoco las encontramos del Circo Parish, que se instaló en Badajoz
los últimos días de septiembre y primeros de octubre de
1.898 y ni estuvo en Mérida antes (por la Feria) ni después
(al mismo tiempo que Antonio de la Rosa, cuya estancia en Badajoz sí
fue simultánea con el wargraph circense).
El trágico incendio del parisino Bazar de la Caridad durante
una sesión cinematográfica, obligó a dar un parón
a las empresas exhibidoras en barracas, más aún durante
esos primeros meses del 97. No obstante, como en el caso de Cáceres,
es probable que el cinematógrafo pionero llegara a Mérida
ese mismo año, incluso después del 25 de agosto, fecha
tope que le marcó el Consistorio a D. Antonio Herranz Ballesteros
-promotor de la Central Eléctrica nueva- para “dar servicio
por primera vez al alumbrado público y privado por medio de luz
eléctrica”. Queda, pues un abanico de 14 meses entre la
citada fecha y la primera visita del Cinematógrafo De la Rosa
(octubre del 98) como territorio inexplorado. La ausencia de hemerografía
-como hemos dicho- impide mayor concreción en el estudio de ambas
poblaciones.
Y, puesto que no hay demasiadas certezas sobre el
marco ni las programaciones que ofrecieron los ambulantes, centrémonos
en la reconstrucción de esa sesión de 1.899 que sí
tenemos perfectamente documentada, como ejemplo de la arribada de los
primeros aparatos a las salas teatrales o a las barracas de feria.
Se levanta el telón. El primer programa.
Podrían ser perfectamente las diez de la noche
de un martes 12 de diciembre de 1.899. Olía a fín de siglo
y lo más granado de la ilustración local se reunía
al abrigo de la nave central de un antiguo convento de monjas de Sta.
Clara reconvertido -por obra y gracia de la Desamortización-
en Teatro y Museo .
Se trataba de disfrutar un divertido programa de variedades
y, llegado el quinto acto, alguien apagó las tulipas por donde
brotaba a raudales el recién estrenado alumbrado público.
Como el folleto publicitario -editado ex professo para esta "despedida
de la localidad"- anunciaba, a la conclusión del cuarto
evento llegaría una novedad en la villa: un ingenio hasta entonces
apenas visto, pero que con los años habría de convertirse
en el lugar de encuentro y divertimento por excelencia, en la más
popular de las ofertas de ocio: el cinematógrafo.
Reproduzcamos la escena: las familias de los señores
accionistas, apellidos ilustres de la villa, ocupaban gran parte de
las doce plateas, trece palcos, 144 butacas y 50 delanteras de paraíso,
según dictó el último sorteo.
Todavía guardaban los asistentes en su retina
los ejercicios de magia negra, las exhibiciones del Hércules
S.S., el concierto excéntrico -por Fonseca e hijo- y !más
difícil todavía!, el Sr. Constantino de Silva recorriendo
el teatro colgado por los dientes de un cable. En ese mágico
momento en que se hizo la oscuridad, Mazzantini y Reverte -sin su famosa
novia- daban cuenta de una corrida de toros ante los atónitos
ojos de los lugareños. A esa cinta le sucedían vistas
diversas, muy en el tipo que abundaba por los cinematógrafos
pioneros: Baño de negros, Crimen en un cafe parisien, Dos bufos
bailando, Mr. Cannot de paseo por París, Un regimiento de caballería
o Una pelea "a brazo partido" de la Policía y un delincuente,
todas ellas cortas, pero que daban lugar "a una maravillosa cinta
de tres mil fotografías".
La búsqueda de tantos inventores había
cuajado en lo que hoy se conoce como cine y los emeritenses acababan
de verlo, una vez más, con sus propios ojos. Pronto iban a entrar
en otro siglo, que, basado en los principios de la imagen en movimiento,
marcaría un corte en el lento devenir de la Historia. Ésa
será nuestra asignatura a partir del mágico despegue que
acabamos de narrar.

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