José Caballero Rodríguez
¿Cómo era la Mérida a la que llegó en primer aparto cinematógrafo?. José Caballero hace una memoria de aquellos momentos en este escrito, parte de su obra "Historia Gráfica del Cine en Mérida"

"Viaje a la Mérida que ve llegar el cinematógrafo: 1898-1900".

Para situarnos, hace un siglo...

Mil ochocientos noventa y muchos a mil novecientos y poco.Vamos a comenzar nuestra andadura por las calles, plazas y círculos de una localidad rural, la de más población tras la capital de provincia, pero con poco más de un tercio de la demografía de aquélla.
Ese carácter agroganadero imprime a sus habitantes un ritmo de vida social sometido a la copichuela del anochecer, tras la labor desde el orto hasta el ocaso, y la vacación restringida al domingo.
La burguesía se reduce a pequeños propietarios del sector servicios -en auge desde que el ferrocarril resucíta el hastío de la vieja Emérita- y los profesionales liberales que despachan en tan austero marco. Sólo una reducidísima clase de terratenientes y rentistas más poderosos extienden su holganza más allá de esos límites.

Así las cosas, el escenario de la vida social de cada uno de estos estratos estaba perfectamente delimitado en círculos y locales de recreo:

-El Círculo Emeritense o casino de los señores, en el edificio que continúa ocupando en la Plaza, idóneamente localizado junto a la Casa Consistorial. Su vida cultural no sobresalía en exceso y prácticamente se limitaba a bailes de sociedad en las festividades.
-Una escisión del Emeritense, protagonizada por el singular “Don Nana” (Manuel Sáez Díez-Lanza), abre en la C/ Romero Leal un gran salón de bailes, carnaval y Disloque por antonomasia.
-La ilustración, con elementos burgueses y otros de diversa extracción, se estaba dando un festín de ofertas culturales -promovidas por ellos mismos- en el marco de la Sociedad Lírico Dramática de Aficionados, muy cerca también del ágora, en el Teatro Ponce de León.
-A caballo entre esta sociedad y el Círculo de Artesanos vivía el grupo que estaba dando ya los pasos para constituir otra de las instituciones que perviven: el Liceo de Mérida, que en febrero de 1.901 sería ya autónomo, en las casas que más tarde compró y que aún le acogen en la C/ Sta. Eulalia.
-El citado Círculo de Artesanos abarcaba gran parte de los trabajadores agrícolas, ganaderos y los que le daban nombre. En su local de la C/ Gral. Castro (luego Cipriano Piñero y finalmente Félix Valverde Lillo) se desarrollaban tratos, partidas al límite y eventos culturales diversos, en ocasiones compartidos con la exquisita Lírico-Dramática.
-La Tercia, en la C/ Bastimentos (hoy de los Maestros), era una especie de asamblea republicana encabezada fundamentalmente por los ferroviarios. En el semanario denominado sin dobleces “La República” se resume un borboteo político inagotable que germinaría tres decenios más tarde, para agostarse sine die poco después.

Y , fuera de capítulo, la gran masa social de jornaleros y asalariados, las decenas de candidatos a ser acogidos por la beneficencia municipal -como recogen sin parar las Actas-, los repatriados del desastre colonial...

En cuanto a espectáculos, el citado Teatro Ponce de León ofrecía desde 1.880 la mayor parte de la cartelera en los diversos géneros escénicos -dramas, comedias, zarzuelas, operetas, magia y variedades...-, todo ello con entrada a la venta también para no socios . Artesanos competía de lejos con programaciones más distanciadas y cuadro artístico propio. En el Disloque , Emeritense y primeros pasos del Liceo, nada más que bailes.

No existía Plaza de Toros (se dieron los primeros martillazos en 1.904 y no se inauguró -por avatares diversos- hasta el 5 de junio de 1.914), ni se habían iniciado las excavaciones (1.910) que permitirían reactivar el teatro clásico en el hemiciclo romano (1.933).

Algunos circos -Borza y Ecuestre sobre todo- aparecían de vez en cuando por los feriales o la C/ Pérez Hernández (actual Cervantes), y en período estival, una carpa sacaba los programas del Ponce de León al Campo de S. Juan, en la Rambla, en lo que se llamó Teatro de Verano hasta la Guerra Civil e incluso hasta 1.947, que el Ayuntamiento prohíbe definitivamente este tipo de asentamientos. La Tercia también ofreció algún espectáculo curioso, como combates de boxeo de dudosa altura y poco más... Del cine, se inicia el relato.

Nuestra historia, pues, habrá comenzar en dicho pueblo de provincias de no más de 13.000 habitantes. Será ése uno de los rasgos que la determinen: el carácter esencialmente rural de este municipio, con pocos recursos e inquietudes en el ámbito científico y que -por ello, sobre todo- estará muy al margen de la producción de películas mudas.

En casi todo el trayecto del relato que ahora iniciamos no se llevan a cabo grabaciones (!y no será por exteriores hermosos!). Estamos, pues, ante un estudio sociológico, más que ante una Historia del Cine comme il faut.

A la Capital del Reino había llegado el cinematógrafo el día de S. Isidro de 1.896. En el Hotel Rusia de Madrid, Alexandre Promio u otro Delegado de los Hnos. Lumière (según versiones), presentó en España la culminación del largo trayecto de la "linterna mágica" hasta el cine como hoy lo entendemos. Sólo habrían de añadírsele a posteriori tres ingredientes importantes:

-la ficción, acaso lo más relevante. En esos primeros momentos el cine fue sólo periodista de lo que ocurría: entradas y salidas de fábricas, misas y salones...
-el sonido en 1.927. Su papel, hasta entonces, lo haría el "explicador" en las salas "sofisticadas" o los rótulos blanco sobre negro, entre escenas, en el resto de los casos.
-el color, que llegaría mucho después: 1.939.

Será ése el recorrido que espera al Séptimo Arte en los primeros decenios del XX y así lo irá percibiendo Mérida, siempre con algún mes de retraso que le marcaba su condición de “gigante dormido”.

!Luces, cámara, acción! ...ambulantes en los Círculos

Entonces,como empezamos a vislumbrar, en un rincón de ese pueblo que sobrevolamos en el tiempo, cerca de la Casa Consistorial, en la Plaza de la Constitución o en alguna sociedad cultural a escasos metros de ésta, encontraron acomodo las primeras imágenes en movimiento que trajeron los cinematógrafos . La escasez de fuentes en nuestros archivos locales no nos permiten de momento aquilatar el instante exacto del encuentro primero. ¿En 1.896 -como Madrid-, 1.897 como Badajoz, acaso el fatídico 98, como casi todas las localidades de entidad de Extremadura...?

El trabajo denodado y la generosidad de un convecino, el periodista y maestro Fernando Delgado, nos ha abierto en los últimos meses de nuestra investigación el país de las maravillas: su Archivo de Prensa. Ha conseguido rescatar de la muerte segura tomos viejos de nuestros semanarios del anterior cambio de siglo , casa a casa -como pueden y deben recuperarse las pocas señas de la Mérida contemporánea que nos permita ya nuestra desidia como pueblo-. “El Montero Extremeño”, “La República”, “Gil Blas”, “Mérida”, todos se han ido desempolvando en las casas ilustres que se permitían el gasto y el almacenamiento mismo de prensa. Todos los que algo teníamos lo hemos aportado humildemente y algún día muy cercano veremos florecer las tesis y los estudios de la Emérita contemporánea gracias al esfuerzo de dos o tres personas capitaneadas por el hijo del poeta don Jesús.

Salvo una laguna, de mayo de 1.896 a marzo de 1.898 y que sólo afecta al arranque del cinematógrafo, hemos constatado datos que anticipan la fecha que el programa de 12 de diciembre de 1.899 indicaba como “novedad en Mérida”. Unos días antes, desde el 30 de noviembre y de 20,30 a 22 horas, comenzó a proyectar ya en el mismo salón este “Lumière” que -escribe el redactor de “La República”- “por el crecido número de fotografías movibles que presenta y por otras cualidades recomendables nos parece el mejor de los que han actuado en Mérida.”.

Pongamos en duda que fuera Lumière, si no por las vistas -que sí parecían venir de la casa lyonesa- sí por el proyector. Si eran del mismo carromato artístico, el Caballero Fonseca llevaba un sistema “Yoli” en su actuación de Cádiz en 1.897. Su supremacía es también cuestionable, pese a que hubiera más testimonios de que carecía de las oscilaciones de otros aparatos pioneros. Lo incuestionable es que el cronista emeritense dice que habían existido precedentes, en plural.

Esta última aseveración nos permitió ratificar que hubo cine antes de esos últimos dos meses del XIX y así lo constatamos con la aparición de dos nuevos tomos de “La República” (marzo 1.898- febrero 1.899 y marzo 1.899- febrero 1.900 ) , donde se alude a la estancia en el Círculo de Artesanos de un cinematógrafo Lumière, el de D. Antonio de la Rosa del 13 al 20 de octubre del año de la caída de nuestro imperio de Ultramar y al cinematógrafo Cuevas en la Plaza durante el mes de abril y la Cía Internacional Ruso-Chino-Japonesa con un wargraph de lamentables resultados en el Ponce en julio de 1.899, respectivamente . Y ya tenemos tres precedentes.

Si hubo o no -atendiendo a esa cita- proyecciones anteriores, nunca lo sabremos. Se nos escaparán para siempre -sin nuevos hallazgos en hemerotecas particulares- porque en las Actas de Acuerdos Municipales no existen citas de solicitudes ni aprobaciones para ubicar ambulantes en la Plaza, dato éste que acompañó al error a Sáenz de Buruaga (o.c.) al no citar hecho cinematográfico alguno hasta 1.904.

La duda más profunda, la posible presencia en Mérida del Dr. Posadas, antes o después de su estancia en Badajoz en enero de 1.897, con su cinematógrafo en medio del espectáculo de magia que llevaba aparejado. No hemos conseguido obtener referencias al respecto en los libros de Acuerdos Municipales. Tampoco las encontramos del Circo Parish, que se instaló en Badajoz los últimos días de septiembre y primeros de octubre de 1.898 y ni estuvo en Mérida antes (por la Feria) ni después (al mismo tiempo que Antonio de la Rosa, cuya estancia en Badajoz sí fue simultánea con el wargraph circense).
El trágico incendio del parisino Bazar de la Caridad durante una sesión cinematográfica, obligó a dar un parón a las empresas exhibidoras en barracas, más aún durante esos primeros meses del 97. No obstante, como en el caso de Cáceres, es probable que el cinematógrafo pionero llegara a Mérida ese mismo año, incluso después del 25 de agosto, fecha tope que le marcó el Consistorio a D. Antonio Herranz Ballesteros -promotor de la Central Eléctrica nueva- para “dar servicio por primera vez al alumbrado público y privado por medio de luz eléctrica”. Queda, pues un abanico de 14 meses entre la citada fecha y la primera visita del Cinematógrafo De la Rosa (octubre del 98) como territorio inexplorado. La ausencia de hemerografía -como hemos dicho- impide mayor concreción en el estudio de ambas poblaciones.

Y, puesto que no hay demasiadas certezas sobre el marco ni las programaciones que ofrecieron los ambulantes, centrémonos en la reconstrucción de esa sesión de 1.899 que sí tenemos perfectamente documentada, como ejemplo de la arribada de los primeros aparatos a las salas teatrales o a las barracas de feria.


Se levanta el telón. El primer programa.

Podrían ser perfectamente las diez de la noche de un martes 12 de diciembre de 1.899. Olía a fín de siglo y lo más granado de la ilustración local se reunía al abrigo de la nave central de un antiguo convento de monjas de Sta. Clara reconvertido -por obra y gracia de la Desamortización- en Teatro y Museo .

Se trataba de disfrutar un divertido programa de variedades y, llegado el quinto acto, alguien apagó las tulipas por donde brotaba a raudales el recién estrenado alumbrado público. Como el folleto publicitario -editado ex professo para esta "despedida de la localidad"- anunciaba, a la conclusión del cuarto evento llegaría una novedad en la villa: un ingenio hasta entonces apenas visto, pero que con los años habría de convertirse en el lugar de encuentro y divertimento por excelencia, en la más popular de las ofertas de ocio: el cinematógrafo.

Reproduzcamos la escena: las familias de los señores accionistas, apellidos ilustres de la villa, ocupaban gran parte de las doce plateas, trece palcos, 144 butacas y 50 delanteras de paraíso, según dictó el último sorteo.

Todavía guardaban los asistentes en su retina los ejercicios de magia negra, las exhibiciones del Hércules S.S., el concierto excéntrico -por Fonseca e hijo- y !más difícil todavía!, el Sr. Constantino de Silva recorriendo el teatro colgado por los dientes de un cable. En ese mágico momento en que se hizo la oscuridad, Mazzantini y Reverte -sin su famosa novia- daban cuenta de una corrida de toros ante los atónitos ojos de los lugareños. A esa cinta le sucedían vistas diversas, muy en el tipo que abundaba por los cinematógrafos pioneros: Baño de negros, Crimen en un cafe parisien, Dos bufos bailando, Mr. Cannot de paseo por París, Un regimiento de caballería o Una pelea "a brazo partido" de la Policía y un delincuente, todas ellas cortas, pero que daban lugar "a una maravillosa cinta de tres mil fotografías".

La búsqueda de tantos inventores había cuajado en lo que hoy se conoce como cine y los emeritenses acababan de verlo, una vez más, con sus propios ojos. Pronto iban a entrar en otro siglo, que, basado en los principios de la imagen en movimiento, marcaría un corte en el lento devenir de la Historia. Ésa será nuestra asignatura a partir del mágico despegue que acabamos de narrar.