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Madrileña
No. 8
Febrero 21, 2001
La máquina del tiempo
existe. Aquí en Madrid, está en el metro Conde de Casal,
en la estación de Auto Res. Allí emprendí hace
semana y media, un viaje al pasado que duró cuatro horas y me
llevó a enfrentar recuerdos encajonados ocho años atrás,
siempre vivos pero siempre en la bodega de la realidades que, por pasadas,
quedan descoloridas en la memoria.
¿Cómo enfrentar tanto tiempo? Casi me resistía
a volver a esta otra Mérida, la extremeña, la romana,
por el temor a las diferencias… Pero el autobús, después
de cruzar campos de olivas y zonas áridas, finalmente llegó.
Bienvenido a Mérida. “A la otra”, pensé.
Además, les contaré que era obligatorio ir en estos días
porque el jueves 22 fue la entrega de las becas de investigación
que convocaron juntos el Ayuntamiento y la Unidad Mérida de la
Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), para la
cual el jurado –y la Providencia- eligieron a esta meridana como
una de las dos ganadoras, favorecida con la asignación del premio
de 500.000 pesetas desde el año pasado, y ahora, tras 200 páginas
de investigación y muchas horas en la computadora, feliz recipendiaria
de un cheque del Santander Central Hispano y, sobre todo, del reconocimiento.
Mejor aún por haber sido en día 22: un cumpleaños
fuera de serie.
Como haciéndole “click” los iconos en una pantalla,
las imágenes fueron bajando, pausadamente: allí está
el Puente Romano, con su kilómetro de historia tendido sobre
un río Guadiana un poco más caudaloso que en el verano
seco y ardiente en el que lo conocimos; allí el Puente Lusitania
“mira, le hacen falta luces, tienen que cambiar los focos, estaba
más iluminado entonces”; allí el Arco de Trajano…
“Ay, la Plaza de España está distinta, pero me gusta
que ya no entren los autobuses, sí”; allí la calle
Santa Eulalia, comercial y peatonal, estrecha y cordial… “pero
¿esta tienda no estaba aquí al lado? Sí, claro
que me acuerdo, estaba en esa esquina… pero ese edificio del Liceo
está mucho mejor, le da elegancia al chaflán…”
La ceremonia en el Ayuntamiento, a las 12:00, hace recordar viejos tiempos
que no son tan viejos: rueda de prensa, periodistas, preguntas, disparos
del flash de cámaras fotográficas, declaraciones…
la otra becaria y yo flanqueando al director de la UNED, el Dr. Valentín
Carrascosa, y al alcalde de la ciudad, don Pedro Acedo Penco. En el
aire, flotando, ese ambiente acelerado y nervioso, inquisitivo e impaciente
a la vez, que caracteriza a la prensa de todo el mundo… Sobre
todo a la prensa que cubre la fuente.
Allí comenzaron a aparecer los antiguos rostros de los conocidos
de años atrás. Mas viejos, más gordos, más
flacos, mejores o peores, pero reconocibles dentro de la implacable
evolución del tiempo y siempre amigos, volvieron aquellos con
quienes compartimos un viejo verano y recuerdos de lo que era la España
del 92.
La decisión no fue difícil: no eran días para turismo,
sino para reencuentro. Se abrieron puertas de muchas casas con la mesa
puesta para esperarnos, hubo quienes hicieron viaje especial desde su
pueblo para ir a saludar a la “hija pródiga” que
volvía tanto tiempo después y faltaron, de todos modos,
muchas caras por ver.
El viernes por la noche, sin embargo, una cara distinta de esta Mérida
se dejó ver con alegría y desparpajo. El Carnaval, uniendo
nuestra cultura cristiana a ambos lados del Atlántico, se manifiesta
en esta región de España en los concursos de “murgas”,
en grupos de ocho a quince personas que se disfrazan, tocan instrumentos,
cantan y actúan en prolongados “sketchs” que no duran
menos de 20 minutos. El escenario de la gran final fue el Centro Cultural
Alcazaba, en la calle John Lenon, donde ocho murgas compitieron por
el premio. Las letras de las canciones, ya sea originales o adaptaciones
de piezas de moda, se dedican a parodiar detalles de la vida política
del pueblo. ¿Los protagonistas? El alcalde, los concejales, el
presidente de la Junta de Extremadura, los personajes de la televisión
española o los vecinos “del pueblo de al lado”, porque
el fuerte localismo de estas tierras sube como la espuma en estas fechas,
de manera que los de Mérida critican a los de Badajoz mientras
que a una hora de distancia, en Badajoz, las murgas le dedicaron la
noche entera (la misma noche) a burlarse de los emeritenses. ¿Suena
familiar quizá?
Lo mejor de todo este asunto del carnaval es que las murgas tienen su
propia música, cantan bien, son creativos y llevan disfraces
muy originales (de pastel de bodas, de safaris, mouses de computadora,
chicos de los años 70 y hasta de “público espectador”…)
completísimos y, sobre todo, muy bien hechos.
¿Qué causa extrañeza? Que los grupos no son mixtos;
es decir, o son puros hombres y entre ellos se visten de mujer si es
necesario (a estos españoles les encanta el travestismo en Carnaval,
cosa grave, grave…) o bien son sólo de mujeres, como las
chicas de esta ocasión disfrazadas de “ratonas” de
ordenador (mouses de computadora en cristiano-yucateco) que cantaban
entre canción y canción el estribillo “…lo
mejor de ser ratón no son ni pan ni es el quesito, sino que me
haces cosquillitas cuando me tocas con el dedito”. ¡Ja!,
quede la picardía asentada para que cada quien se sirva…
Ese mismo día, en una carpa instalada por el Ayuntamiento en
la Plaza de España y donde corre la cerveza y otras bebidas,
se anuncia a los ganadores que tienen que montar el espectáculo
otra vez. Y yo creo que los triunfadores no se lo imaginaban, porque
al final del anuncio, un chico del grupo salió disparado hacia
no sé donde y luego le vi volver corre y corre con la lengua
de fuera y un tambor a cuestas aspirando grandes bocanadas de aire.
“¡Ay mi madre… que me muero, que me muero..!“
decía para sí.
El sábado, el día amaneció lluvioso y flojo. Pero
rindió el tiempo para visitar el subsuelo de la basílica
de Santa Eulalia y admirar la combinación de restos romanos y
cristianos que corresponden a la primitiva ermita, construida quizá
en el año 300 de nuestra era, hace 1700 años. Maravilloso
por antiguo y conservado, este tesoro subterráneo es de lo mejor
que ha estrenado la Mérida que reconocí ese fin de semana.
Por la tarde del sábado, emprendí el viaje a Badajoz para
ver algo de uno de los tres carnavales más populares de España.
Badajoz, capital de la provincia del mismo nombre, es, como diríamos
en nuestro México, “otra onda”. Grande y concurrida,
más coches, más gente, más movimiento, pero todavía
provincia con sus 300.000 habitantes, más o menos*.
Explicando un poquito más, la Comunidad Autónoma de Extremadura
(el equivalente a “Estado” en México) tiene por capital
a Mérida; sin embargo, la misma Extremadura está formada
por dos provincias: Cáceres al norte y Badajoz al sur; la primera,
con Cáceres por capital, y la segunda, pues ya lo expliqué…
un poco complicado ¿no?
En mi opinión, lo más distinto de estos carnavales es
el entusiasmo del pueblo. Aunque el desfile de comparsas fue el domingo
y ya no pude quedarme, el sábado por la noche hay fiesta popular
y allí la mayoría de la gente va disfrazada. “Hace
algunos años no podías salir sin disfraz”, me comentaron,
“y si andabas sin él, los demás te veían
mal, como si fueras un aburrido”.
En efecto, familias enteras, parejas y sobre todo, grupos de amigos,
salen disfrazados a la calle con elegantísimos y forradísimos
trajes de fantasía, disfraces de animales, mariposas, vampiros,
jirafas, conejos, exóticos reyes o sultanes del oriente, diablos,
damas y caballeros empolvados de la época de los luises, robots,
payasos, arlequines y pierrots, cartas de barajas, indios piel roja
y uno que otro “mexicano” con poncho y gran sombrero.
El caso es que sin más lujo que el traje que llevan puesto y
sin más pista que la calle, los pacences (el gentilicio de los
de Badajoz) disfrutan sin parar hasta el amanecer. Algunos, los más
jóvenes y enfiestados, empatan la noche con el día y siguen
y siguen hasta 48 horas sin dormir. Es “una paliza”, como
dirían aquí, pero les gusta.
El viaje a través del tiempo concluyó el domingo por la
tarde cuando regresé a mi autobús, con un equipaje ligeramente
aumentado por varios regalitos (una bolsa para pañuelos o pantuflas
cosida a mano, un llavero, un reloj para mi mesa de trabajo y algunos
libros), con cinco ejemplares del Hoy y cinco del Extremadura que dan
la noticia de mi premio, con la cámara llena de fotos, la sangre
de aceite de oliva “virgen extra” -el más fino y
aromático-, y el alma y el corazón renovados y felices.
Y volver, volver, voooooolver… llegaré hasta donde estés…
cantaba y cantaba en el autobús Mérida-Badajoz un charro
desconocido en la estación de radio que el chofer llevaba encendida.
Volver, volver. Siempre volver. Con esa consigna por las tierras extremeñas
regresé el domingo por la noche a un Madrid frío y adormilado.
La gran ciudad de nuevo, con sus grandezas y miserias: mi casa.
Un abrazo fraternal de hermana,
emeritense, merideña,
madrileña…
…y meridana
Teté
Nota: María Teresa (“Teté”) Mézquita
Méndez, es de Mérida, Yucatán, México e
hizo una residencia de tres meses en la capital extremeña en
el verano del 92. Regresó a España, específicamente
a Madrid, a hacer un curso en la AECI de enero a junio de 2001. De este
período data este relato.
* Nota del “publicador”:
Badajoz poseía en 2002 139.000 habitantes, más o menos
la mitad de lo que cita la autora.
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