María Teresa Mézquita Méndez
Mézquita Méndez, es de Mérida, Yucatán. En este texto cuenta su experiencia en el regreso, después de nueve años, a la Mérida española, en medio de las fiestas del Carnaval.

La segunda visita de la meridana de Méjico Mézquita Méndez a la Mérida de España

Madrileña No. 8
Febrero 21, 2001

La máquina del tiempo existe. Aquí en Madrid, está en el metro Conde de Casal, en la estación de Auto Res. Allí emprendí hace semana y media, un viaje al pasado que duró cuatro horas y me llevó a enfrentar recuerdos encajonados ocho años atrás, siempre vivos pero siempre en la bodega de la realidades que, por pasadas, quedan descoloridas en la memoria.
¿Cómo enfrentar tanto tiempo? Casi me resistía a volver a esta otra Mérida, la extremeña, la romana, por el temor a las diferencias… Pero el autobús, después de cruzar campos de olivas y zonas áridas, finalmente llegó. Bienvenido a Mérida. “A la otra”, pensé.
Además, les contaré que era obligatorio ir en estos días porque el jueves 22 fue la entrega de las becas de investigación que convocaron juntos el Ayuntamiento y la Unidad Mérida de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), para la cual el jurado –y la Providencia- eligieron a esta meridana como una de las dos ganadoras, favorecida con la asignación del premio de 500.000 pesetas desde el año pasado, y ahora, tras 200 páginas de investigación y muchas horas en la computadora, feliz recipendiaria de un cheque del Santander Central Hispano y, sobre todo, del reconocimiento. Mejor aún por haber sido en día 22: un cumpleaños fuera de serie.
Como haciéndole “click” los iconos en una pantalla, las imágenes fueron bajando, pausadamente: allí está el Puente Romano, con su kilómetro de historia tendido sobre un río Guadiana un poco más caudaloso que en el verano seco y ardiente en el que lo conocimos; allí el Puente Lusitania “mira, le hacen falta luces, tienen que cambiar los focos, estaba más iluminado entonces”; allí el Arco de Trajano… “Ay, la Plaza de España está distinta, pero me gusta que ya no entren los autobuses, sí”; allí la calle Santa Eulalia, comercial y peatonal, estrecha y cordial… “pero ¿esta tienda no estaba aquí al lado? Sí, claro que me acuerdo, estaba en esa esquina… pero ese edificio del Liceo está mucho mejor, le da elegancia al chaflán…”
La ceremonia en el Ayuntamiento, a las 12:00, hace recordar viejos tiempos que no son tan viejos: rueda de prensa, periodistas, preguntas, disparos del flash de cámaras fotográficas, declaraciones… la otra becaria y yo flanqueando al director de la UNED, el Dr. Valentín Carrascosa, y al alcalde de la ciudad, don Pedro Acedo Penco. En el aire, flotando, ese ambiente acelerado y nervioso, inquisitivo e impaciente a la vez, que caracteriza a la prensa de todo el mundo… Sobre todo a la prensa que cubre la fuente.
Allí comenzaron a aparecer los antiguos rostros de los conocidos de años atrás. Mas viejos, más gordos, más flacos, mejores o peores, pero reconocibles dentro de la implacable evolución del tiempo y siempre amigos, volvieron aquellos con quienes compartimos un viejo verano y recuerdos de lo que era la España del 92.
La decisión no fue difícil: no eran días para turismo, sino para reencuentro. Se abrieron puertas de muchas casas con la mesa puesta para esperarnos, hubo quienes hicieron viaje especial desde su pueblo para ir a saludar a la “hija pródiga” que volvía tanto tiempo después y faltaron, de todos modos, muchas caras por ver.
El viernes por la noche, sin embargo, una cara distinta de esta Mérida se dejó ver con alegría y desparpajo. El Carnaval, uniendo nuestra cultura cristiana a ambos lados del Atlántico, se manifiesta en esta región de España en los concursos de “murgas”, en grupos de ocho a quince personas que se disfrazan, tocan instrumentos, cantan y actúan en prolongados “sketchs” que no duran menos de 20 minutos. El escenario de la gran final fue el Centro Cultural Alcazaba, en la calle John Lenon, donde ocho murgas compitieron por el premio. Las letras de las canciones, ya sea originales o adaptaciones de piezas de moda, se dedican a parodiar detalles de la vida política del pueblo. ¿Los protagonistas? El alcalde, los concejales, el presidente de la Junta de Extremadura, los personajes de la televisión española o los vecinos “del pueblo de al lado”, porque el fuerte localismo de estas tierras sube como la espuma en estas fechas, de manera que los de Mérida critican a los de Badajoz mientras que a una hora de distancia, en Badajoz, las murgas le dedicaron la noche entera (la misma noche) a burlarse de los emeritenses. ¿Suena familiar quizá?
Lo mejor de todo este asunto del carnaval es que las murgas tienen su propia música, cantan bien, son creativos y llevan disfraces muy originales (de pastel de bodas, de safaris, mouses de computadora, chicos de los años 70 y hasta de “público espectador”…) completísimos y, sobre todo, muy bien hechos.
¿Qué causa extrañeza? Que los grupos no son mixtos; es decir, o son puros hombres y entre ellos se visten de mujer si es necesario (a estos españoles les encanta el travestismo en Carnaval, cosa grave, grave…) o bien son sólo de mujeres, como las chicas de esta ocasión disfrazadas de “ratonas” de ordenador (mouses de computadora en cristiano-yucateco) que cantaban entre canción y canción el estribillo “…lo mejor de ser ratón no son ni pan ni es el quesito, sino que me haces cosquillitas cuando me tocas con el dedito”. ¡Ja!, quede la picardía asentada para que cada quien se sirva…
Ese mismo día, en una carpa instalada por el Ayuntamiento en la Plaza de España y donde corre la cerveza y otras bebidas, se anuncia a los ganadores que tienen que montar el espectáculo otra vez. Y yo creo que los triunfadores no se lo imaginaban, porque al final del anuncio, un chico del grupo salió disparado hacia no sé donde y luego le vi volver corre y corre con la lengua de fuera y un tambor a cuestas aspirando grandes bocanadas de aire. “¡Ay mi madre… que me muero, que me muero..!“ decía para sí.
El sábado, el día amaneció lluvioso y flojo. Pero rindió el tiempo para visitar el subsuelo de la basílica de Santa Eulalia y admirar la combinación de restos romanos y cristianos que corresponden a la primitiva ermita, construida quizá en el año 300 de nuestra era, hace 1700 años. Maravilloso por antiguo y conservado, este tesoro subterráneo es de lo mejor que ha estrenado la Mérida que reconocí ese fin de semana.
Por la tarde del sábado, emprendí el viaje a Badajoz para ver algo de uno de los tres carnavales más populares de España.
Badajoz, capital de la provincia del mismo nombre, es, como diríamos en nuestro México, “otra onda”. Grande y concurrida, más coches, más gente, más movimiento, pero todavía provincia con sus 300.000 habitantes, más o menos*.
Explicando un poquito más, la Comunidad Autónoma de Extremadura (el equivalente a “Estado” en México) tiene por capital a Mérida; sin embargo, la misma Extremadura está formada por dos provincias: Cáceres al norte y Badajoz al sur; la primera, con Cáceres por capital, y la segunda, pues ya lo expliqué… un poco complicado ¿no?
En mi opinión, lo más distinto de estos carnavales es el entusiasmo del pueblo. Aunque el desfile de comparsas fue el domingo y ya no pude quedarme, el sábado por la noche hay fiesta popular y allí la mayoría de la gente va disfrazada. “Hace algunos años no podías salir sin disfraz”, me comentaron, “y si andabas sin él, los demás te veían mal, como si fueras un aburrido”.
En efecto, familias enteras, parejas y sobre todo, grupos de amigos, salen disfrazados a la calle con elegantísimos y forradísimos trajes de fantasía, disfraces de animales, mariposas, vampiros, jirafas, conejos, exóticos reyes o sultanes del oriente, diablos, damas y caballeros empolvados de la época de los luises, robots, payasos, arlequines y pierrots, cartas de barajas, indios piel roja y uno que otro “mexicano” con poncho y gran sombrero.
El caso es que sin más lujo que el traje que llevan puesto y sin más pista que la calle, los pacences (el gentilicio de los de Badajoz) disfrutan sin parar hasta el amanecer. Algunos, los más jóvenes y enfiestados, empatan la noche con el día y siguen y siguen hasta 48 horas sin dormir. Es “una paliza”, como dirían aquí, pero les gusta.
El viaje a través del tiempo concluyó el domingo por la tarde cuando regresé a mi autobús, con un equipaje ligeramente aumentado por varios regalitos (una bolsa para pañuelos o pantuflas cosida a mano, un llavero, un reloj para mi mesa de trabajo y algunos libros), con cinco ejemplares del Hoy y cinco del Extremadura que dan la noticia de mi premio, con la cámara llena de fotos, la sangre de aceite de oliva “virgen extra” -el más fino y aromático-, y el alma y el corazón renovados y felices.
Y volver, volver, voooooolver… llegaré hasta donde estés… cantaba y cantaba en el autobús Mérida-Badajoz un charro desconocido en la estación de radio que el chofer llevaba encendida. Volver, volver. Siempre volver. Con esa consigna por las tierras extremeñas regresé el domingo por la noche a un Madrid frío y adormilado. La gran ciudad de nuevo, con sus grandezas y miserias: mi casa.

Un abrazo fraternal de hermana,
emeritense, merideña,
madrileña…
…y meridana

Teté


Nota: María Teresa (“Teté”) Mézquita Méndez, es de Mérida, Yucatán, México e hizo una residencia de tres meses en la capital extremeña en el verano del 92. Regresó a España, específicamente a Madrid, a hacer un curso en la AECI de enero a junio de 2001. De este período data este relato.

* Nota del “publicador”: Badajoz poseía en 2002 139.000 habitantes, más o menos la mitad de lo que cita la autora.

.