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Buenas
tardes. En primer lugar, debo decirles que yo no soy ningún especialista
en Sanidad, ni mucho menos en Salud Mental. Algunos de ustedes pensarán
“pues vaya una cosa, ya sabemos que usted es periodista”,
pero no les estoy diciendo ninguna obviedad. Lo que digo es que no soy
un periodista especialista en temas de Sanidad, como no lo es prácticamente
ninguno de los que trabaja en Extremadura. De hecho, sólo existe
en los medios extremeños un espacio monográfico de sanidad,
el programa de la Cadena SER “Ser Saludables”, que conduce
Victoria Moreno cada lunes, de 7 a 8 de la tarde, y habla de muy diversas
cuestiones, en contadas ocasiones de salud mental.
Por tanto, no hay
en Extremadura periodistas especialistas en temas de salud mental. Esta
aclaración es básica, no como excusa barata, sino como
pura realidad, para entender lo que voy a plantear ahora: en los grandes
medios nacionales, los asuntos se abordan por secciones temáticas
y son muchos los redactores contratados. En esos casos, al igual que
en las publicaciones específicas de salud, sí es posible
y sí que existe la especialización. Una especialización
que, fuera de los grandes medios nacionales y de las grandes ciudades,
no se puede ni plantear, aunque fuese muy recomendable, por falta de
tiempo y de personal.
En el caso de Extremadura
y de otras muchas Comunidades Autónomas, los medios regionales
escritos tratan los asuntos, salvo el deporte, por secciones geográficas,
es decir, hay páginas de región, de Mérida o Badajoz,
pero los espacios temáticos (política, sociedad, cultura...)
se hacen desde fuera. En las cadenas de televisión o de radio
nacionales con presencia en Extremadura, ocurre exactamente lo mismo,
con el añadido de que las emisoras son, en realidad, los corresponsales
en cada región para informar a Madrid de lo que pasa en su ámbito
geográfico de influencia.
En definitiva,
al haber un planteamiento geográfico y no temático, los
periodistas extremeños tratan todo tipo de asuntos, con lo que
el tener profesionales expertos en diversas cuestiones resulta inviable,
mucho más, cuando las plantillas no son precisamente amplias.
Esto es clave para
entender el tratamiento informativo de cualquier asunto, incluida la
salud mental. Médicos, asociaciones, familiares y pacientes deben
tener siempre en cuenta que el periodista al que se dirigen o con el
que hablan no conoce ni la cuarta parte de lo que ellos sí conocen
sobre la enfermedad que sea. Es decir, el redactor o reportero, como
le sucede a gran parte de la sociedad a la que tiene que informar, es
un no iniciado, con todo lo que eso supone para bien y para mal.
¿Qué
implica ser un no iniciado?
Antes que nada,
exige sencillez en el lenguaje y en la exposición. Al no tener
grandes conocimientos del asunto, el periodista ha de recibir de su
fuente informativa (médico, asociación de familiares,
enfermo...) todos los datos que resulten necesarios. Lógicamente,
el redactor o reportero intentará aclarar sus dudas a través
de preguntas a la fuente, pero habrá ocasiones en que no todo
quede aclarado, surjan errores y se produzca una situación de
malestar. Por eso, en la medida de lo posible, hay que evitar equivocaciones,
dirigiéndose a los periodistas con la conciencia de que éstos
tienen una cultura general, pero no particular sobre el asunto, y eludiendo
el lenguaje excesivamente técnico y las disquisiciones demasiado
complejas.
En consecuencia,
cuando el redactor plantea, por ejemplo, “doctor, cuéntenos
qué es la depresión de forma que cualquiera que nos esté
escuchando en casa pueda entenderlo”, no se está utilizando
una fórmula retórica, sino que, literalmente, se está
pidiendo que se comenten pormenores de la enfermedad, ya que el medio
de comunicación se dirige a un público muy amplio y heterogéneo,
no a médicos.
Todo lo expuesto
nos lleva a una conclusión clara: la imagen del paciente en los
medios de comunicación, al ser profanos en la materia, será
siempre el resultado de una pugna entre lo que transmite la sociedad,
con sus prejuicios, sus mitos y sus miedos, y lo que transmiten los
expertos en salud mental con sus visiones normalizadas, que buscan acabar
precisamente con esos prejuicios negativos.
Por tanto, existen
dos realidades actuales en los medios de comunicación que luchan
en sentido contrario. Por un lado, la identificación, más
frecuente de lo deseable, entre enfermedad mental y violencia, que perdura
en nuestra sociedad y que los medios contribuyen a reforzar, sobre todo
en las páginas de sucesos, y, por otro, el acercamiento general,
desde un afán imparcial del periodista por conocer todos los
pormenores, normalmente coincidiendo con una efeméride, como
es el Día Internacional o el Día Mundial de lo que sea.
En definitiva,
hay un camino en negativo y otro en positivo.
En el primer supuesto,
la información de sucesos siempre ha vendido en los medios de
comunicación y, de unos años a esta parte, aún
más, produciéndose una presencia cada vez mayor en los
medios generales, al tiempo que decaen los medios que podríamos
llamar específicos, como podía ser el famoso El Caso.
En esas noticias
de sucesos, casi siempre que el agresor, homicida o cualquier otro sujeto
activo de los hechos es enfermo mental se suele destacar y se suele
emplear, ahí está lo más grave, como explicación
perfectamente factible de lo acontecido. Esta práctica refuerza
el estereotipo negativo ya existente en la sociedad del enfermo mental
y, sobre todo en los casos como el de la esquizofrenia, convierte en
verdugo a la víctima y trata como delincuente a una persona que
realmente no lo es.
Hay que admitir
que estas informaciones no son completas, porque se transmite la idea
de que sólo el enfermo mental es violento y agresivo y no se
analiza el hecho de que vivimos en una sociedad profundamente violenta.
Además, se corta a todos los enfermos mentales por el mismo patrón
cuando, para empezar, hay dolencias que presentan mayores cuadros de
agresividad que otras.
Ahí existe
efectivamente un error, que se agudiza al poner en el titular de la
información la patología del agresor. Algo que, por cierto,
va en contra de la ética profesional para muchos periodistas.
Eso por un lado,
pero por otro también hay que entender que los hechos son los
hechos y que si efectivamente se produce un suceso en el que está
implicado un enfermo mental, esa circunstancia debe reflejarse, aunque
no como única explicación de lo sucedido.
Por tanto, deben
tratarse estos asuntos, pero extremando las precauciones a la hora de
abordar la cuestión y cuidando mucho cómo se difunde la
circunstancia de la enfermedad mental.
Esto en la parte
negativa, pero hay un segundo supuesto en los medios de comunicación
que resulta muy positivo: normalmente, coincidiendo con la celebración
de jornadas técnicas o con fechas como el Día Mundial
de la Salud Mental, los medios informan sobre la enfermedad mental,
dan a conocer sus datos, hablan con las diversas asociaciones y contribuyen
de una manera elogiable a difundir la situación de cada una de
las dolencias de una forma normalizada.
A los medios hay
que reconocerles, además, su receptividad ante las iniciativas
concretas que llevan a cabo las Asociaciones de Enfermos o Familiares,
de las que siempre se hacen eco (Por ejemplo, el restaurante self-services
que abrió en Mérida APENESMER).
A estas dos tendencias
que pugnan, hay que añadir otro problema: la presencia de la
enfermedad mental en los medios de comunicación es concreta y
no continuada. Los implicados en la salud mental tendrían que
hacer un esfuerzo para ocupar mayores cuotas de tiempo o espacio en
los medios. Sólo así se acabaría con los estereotipos
negativos que ahora existen, porque hay que reconocer que se ha avanzado
mucho hacia la normalización en los últimos años,
pero todavía no es suficiente.
Y ese esfuerzo
para ganar cuotas de tiempo y espacio en los medios lo tienen que hacer
los implicados en la salud mental, las fuentes informativas, no los
periodistas, que, como decía al principio, no tienen tiempo,
ni posibilidad, por las características de su trabajo, de fijarse
en asuntos concretos si no hay alguien que les llame la atención.
Aún así,
hay que advertir que ganar tiempos y espacios en los medios de comunicación
no siempre es fácil. Para empezar, habría que plantear
un cambio general en los enfoques periodísticos: los asuntos
políticos, que ahora son preeminentes, deberían ceder
parte de su protagonismo a los asuntos sociales. Y una vez que los asuntos
sociales ganaran terreno, algo que más pronto que tarde ocurrirá,
porque están modificándose los gustos del público,
habría que ver cómo se reparte ese espacio o tiempo ganado.
Además,
habría que tener en cuenta una serie de características
propias de la dinámica periodística. Los periodistas también
son profesionales de lo suyo y la gente no especialista debe acercarse
a los medios de comunicación con modestia y dispuesta a escuchar,
lo mismo que deben hacer los redactores y reporteros cuando se acercan
a las fuentes. Muchas veces el profano tiene el convencimiento pleno
de que su asunto es la noticia más importante del mundo. Algo
comprensible, pero no real. También hay que entender que la normalidad
siempre es menos noticia que lo que rompe la rutina, sea de la forma
que sea. Así, el nacimiento de un niño no es noticioso
en principio, pero sí lo es un parto múltiple de quintillizos.
En definitiva,
aunque se ha avanzado, queda mucho por hacer todavía para normalizar
la imagen de la salud mental en los medios de comunicación. Consecuentemente,
el esfuerzo normalizador corresponde a los implicados en la salud mental,
que deben acercarse a los periodistas con tranquilidad y exponiendo
las cuestiones con claridad, y el éxito será posible,
sobre todo si se usa la imaginación.

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