| A principios de siglo tenemos documentada
la existencia de hasta cinco fotógrafos con estudio abierto en
Mérida: Daniel a finales del XIX, el francés Gabriel Cazeneuve,
en la C/ Sta. Eulalia, 47, y con idéntica dirección que
la fotografía artística Sevillana de José Acevedo.
Miguel de la Marta ofrecía sus servicios en la C/ de Pérez
Hernández y por último, V. Novillo, publicitaba retratos
-especialmente infantiles- en el número 9 de la C/ Las Torres,
hoy de José Ramón Mélida.
De ninguno de ellos conocemos trabajos que hayan derivado en tarjeta,
si no son retratos con su firma transformados en objeto postal -costumbre
ésta, habitual durante todo el período que vamos a tratar.
Ante esa densidad de profesionales del ramo y la convivencia con tres
imprentas muy activas, la de Plano y Corchero -que se quedaría
coja con la prematura muerte de D. Pedro María en 1900-, la de
Soler y la de Juan Fco. Rivera, extraña que no surgieran iniciativas.
Sin embargo, van a ser un aficionado a la fotografía y profesional
de las armas y uno de esos impresores locales los que se las ingenien
para lanzar las primeras tarjetas, ubicadas todas ellas en torno a 1904.
En febrero de ese año, el semanario La República, dirigido
por Luis Moreno Torrado, publica una colaboración del segedano
Daniel Mancebo (ver apéndice documental), que meses más
tarde habría de fundar y dirigir otra publicación en la
capital ganadera. Construída a modo de requiebro galante al uso
decimonónico, la carta se intitula A las mujeres de Mérida
y las resalta entre las extremeñas atendiendo sólo a un
rasgo cultural: su respuesta masiva a una convocatoria cartófila
desde Zafra.
Efectivamente el citado Mancebo y sus compañeros socios de la
Unión Postal Extremeña emprenden una campaña de
envíos a señoritas conocidas por ellos en distintas localidades
de la región. ¿Qué pretendían? Conseguir
nuevos ejemplares para us respectivas colecciones y, de paso, examinar
en buen gusto a las mujeres convocadas.
El resultado de tales investigaciones arroja que sólo las emeritenses
superan el listón de exigencia que se esperaba. Mancebo reseña
entre las causas de su mínimo poder de convocatoria una extendida
costumbre social entre las madres de estas jovencitas: cartearse con
extraños era un claro síntoma de moral distraída
en esa Extremadura, poco entregada aún a refinamientos culturales
y cartófilos.
A nosotros nos interesa lo que no puede leerse en el recorte de prensa:
las chicas de la Mérida de 1903-1904 encontraron en su ciudad
tarjetas postales ilustradas para responder la galante oferta de los
segedanos. ¿Qué tipo de tarjetas? Era frecuente y lo veremos
también en el libro, recurrir a vistas adquiridas en otras ciudades
cuando en la propia no había, pero ese detalle no hubiera escapado
a la pluma del periodista y cartófilo Mancebo, más cuando
la ausencia de vistas de Mérida sería objeto de lamentos
para un coleccionista, por su monumentalidad única.
Además, tenemos claro (aunque no documentado) que un impresor
local se anticipó o llegó a la vez con algunas vistas
sueltas que el primer editor de series completas. Vamos, de una vez,
con ambos.
Ediciones locales: Rivera impresor
De esos primeros años del siglo -aunque cabe
la duda de que sean trabajos fotográficos del XIX- deben datar
las tarjetas postales procedentes de los talleres emeritenses de Juan
Fco. Rivera, sitos en la Plaza de España. Uno de los dos grandes
impresores locales, con Plano y Corchero*, Juan Francisco Rivera Silva
sustentaba semanarios (Plumas Nuevas, El Eco Extremeño, Gil Blas...),
se atrevía con libros (Ordenanzas municipales de 1902, Reglamento
del Círculo de Labradores...) y abastecía a los círculos
de pasquines para su oferta cultural y recreativa.
Las postales que nos ocupan, con instantáneas del Arco de Trajano
desde la C/ Alvarado y las Casas Consistoriales (sic), reproducen las
fotos en la misma ubicación que las que veremos a continuación
con José Díez, con la única diferencia de que éstas
van enmarcadas. El espacio blanco para escribir en la parte baja del
anverso y la dirección del destinatario al dorso nos remiten
como muy tarde a 1906 también .
Y completando el dorso, un sello con el rostro fotografiado de Rivera,
práctica inhabitual en cuantas postales nacionales e internacionales
han pasado por nuestras manos y que por tanto hace singular a esta serie.
No es menos simpar el hecho de que una imprenta de pueblo asuma la edición
de tarjetas ilustradas. Casi todas las producidas hasta esa fecha provenían
de las grandes fototipias capitalinas atendiendo encargos de provincias.
José Díez y la primera serie
Vamos a conocer ahora la primera colección
de tarjetas postales de asunto emeritense. Aunque no consta en la postal,
esta colección se corresponde en número y morfología
con la oferta a provincias que los editores suizos Hauser y Menet -ya
por entonces en las 500.000 postales mensuales producidas- anunciaron
en la revista BOLETÍN DE LA TARJETA POSTAL ILUSTRADA de diciembre
de 1902 (Hemeroteca Municipal de Madrid):
¨Nos encargamos de tiradas especiales sobre clisés o fotografías
que nos remitan nuestros clientes, cuyas tarjetas serán de la
exclusiva propiedad del que las encarga. La tirada mínima de
estas ediciones es de 5000 tarjetas en 10 asuntos diferentes. Pídanse
los precios especiales de esta clase de trabajos¨
José Díez Fernández, militar profesional que alcanzó
el empleo de Comandante de Intendencia, se lanzó a esta aventura
editorial. Empezó a trabajar solo y luego lanzó colección
con el ilustre paisajista D. Marcial Bocconi y fue el primero en explotar
con este tipo de correo, el enorme y desconocido potencial de las ruinas
romanas con vistas de su autoría.
Firmó bonitos paisajes urbanos como unas panorámicas del
casco emeritense desde la Plaza de Toros en construcción y desde
el que más tarde sería emplazamiento del Matadero y otras
vistas tomadas al Puente Romano y la Alcazaba desde la margen izquierda
o al popularmente conocido como puente de hierro.
Las de la colección que estamos estudiando proceden de fotografías
estereoscópicas que guardan con mimo sus familiares. Ellos nos
hablan de una afición enorme a la fotografía, que le acompañó
todos los días de su vida. Asentado en Badajoz, se encerraba
todas las tardes en el estudio de su domicilio y hasta edad avanzada
compartió esta sana pasión con otros amigos ancianos aficionados
también. Las vistas escogidas fueron diez en total, como mandaban
las normas que la fototipia suiza recomendaba a sus clientes de provincias.
Todas ellas quedaron dispuestas en vertical con fotoen la mitad superior,
difuminada en sus contornos y espacio para texto en la mitad inferior.
De nuestra colección particular, es de destacar una curiosidad
que confirma la fecha en que la fototipia madrileña realiza el
trabajo encargado desde nuestra ciudad por el citado Díez (1904).
Dª Aurelia Matute, natural y vecina de la Mérida de principios
del siglo pasado cursó en mayo de 1906 una tarjeta a la Casa
Real en demanda de la misma atención por parte de los monarcas.
El mérito que le avalaba: haber sido distinguida por arrojar
una paloma al paso del cortejo regio durante la visita con la que honraron
a Mérida en abril del año anterior. José Luis de
la Barrera da otra dimensión del suceso: monarca y encargados
de su seguridad tuvieron una percepción menos pacifista. Todo
un entrenamiento para el atentado real, si se nos permite la irreverente
polisemia del término, que les reservaba Mateo Morral como regalo
de bodas al joven Alfonso XIII y su esposa Victoria Eugenia de Battemberg.

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