Los archivos del Pentágono: Cuando la ética se impone al poder

El cuarto poder, como algunos llaman al periodismo, ha visto como su prestigio y valoración han decaído sensiblemente en los últimos años. La información fluye por canales alternativos y poco parece importar su veracidad. Entre tanto, muchos se esfuerzan por correr al ritmo de las redes sociales, cayendo en los  mismos errores que les critican. Ahora más que nunca, la investigación y comprobación de las noticias debe ser una prioridad para los profesionales.

Quienes así lo han entendido libran una lucha diaria por los cada vez más reducidos espacios en prensa y televisión. Son modernos David que se defienden frente al Goliat de la inmediatez y el poder.

Para ellos habrá resultado reconfortante la cinta “Los archivos del Pentágono”, con la que Steven Spielberg consiguió ser nominado como mejor director en los Golden Globes y entró en la batalla por la mejor película de los Oscar.

El film, considerado por muchos como su pieza más social, puede insertarse en la misma categoría de películas precedentes, como “Todos los hombres del presidente”, de Alan J. Pakula o “La gran apuesta” de Adam Mckay.

La historia narra la determinación demostrada por la presidenta del “Washington Post”, Katherine Graham, interpretada por la magnífica Meryl Streep, y el director del diario, Ben Bradlee, encarnado por Tom Hanks, por develar la verdad del caso Nixon. Enfrentando amenazas abiertas y veladas, los directivos apuestan por salir adelante y sacar a la luz documentos comprometedores que propiciaron la renuncia del presidente Richard Nixon.

Los jóvenes periodistas, así como quienes aún no conozcan el detalle del Watergate, encontrarán en “Los archivos del Pentágono” un acercamiento bastante preciso a la historia. El caso comienza con Daniel Ellsberg, bautizado por Nixon como el “hombre más peligroso de América”, un periodista norteamericano que divulgó un extenso dossier de documentos secretos, que develaban todos los secretos sobre la participación de Estados Unidos en la guerra del Vietnam, desde 1945.

Los archivos, etiquetados bajo el nombre de Papeles del Pentágono, en el departamento de Defensa estadounidense, constituían la prueba fehaciente sobre las grandes mentiras que desde el comienzo rodearon la guerra de Vietnam.

Esos papeles llegaron a la sede de Rand Corporation, un think tank vinculado a la industria militar. Allí trabajaba Ellsberg como analista, quien en 1969, sustrajo el primer volumen y logró salir de las oficinas sin que el personal de seguridad se percatara del robo.

Entendiendo la importancia de la información contenida en esas carpetas, no dudó un momento en fotocopiar las 7.800 páginas y remitirlas al “New York Times”.

El rotativo fue el primer medio en publicar la historia, el 13 de junio de 1971. Se trataba de la primera de nueve entregas, dado lo extenso de la información y la necesidad de constatarla antes de publicarla. Pero la secuencia quedaría incompleta, pues en menos de 48 horas, la administración Nixon logró una orden federal para detenerla.

El “New York Times” no se quedó de brazos cruzados, y apeló ante el Tribunal Supremo, que sentenció a favor del derecho del público a ser informado y de la prensa a divulgar ese conocimiento.

En medio de la disputa legal, Ellsberg facilitó copias adicionales a otros periódicos, entre ellos el «Washington Post».

La reacción de la Casa Blanca no se hizo esperar, y fue la por ello que creó una unidad de “fontaneros”, profesionales que debían cumplir la metafórica misión de “taponar”· las filtraciones de secretos. En medio de presiones y con los votos en contra de la junta directiva del “Washington Post”, la valiente Katherine Graham, siguiendo sus instintos, decide apoyar al director, Ben Bradlee, que defiende sus postulados éticos por encima de toda coacción.

El resultado es de sobras conocido. La actuación decidida de los medios de comunicación fue más fuerte que el poderío de la administración central, y Nixon, desnudo ante los hechos, dimitió en 1974.

Comments are Disabled